Cuidarse mentalmente se ha convertido en un privilegio. Pero el autocuidado no debería ser un lujo, sino un derecho.
En una sociedad en la que a menudo se premia la productividad por encima del bienestar, la salud mental sigue siendo una asignatura pendiente. Según la Organización Mundial de la Salud, gozar de salud mental no es solo la ausencia de trastornos, sino un estado de bienestar integral que permite a las personas desarrollarse, afrontar las tensiones cotidianas y contribuir activamente a la comunidad.
Sin embargo, en el mundo actual, esta aspiración se ve constantemente comprometida por múltiples factores: ritmos laborales inalcanzables, desigualdades sociales, precariedad, cargas invisibles y la cronificación del estrés.
Muchas personas se encuentran atrapadas en una espiral de agotamiento. La sensación de no llegar a todo —de obligaciones acumuladas, de tiempo siempre escaso— se ha vuelto colectiva.
La organización del trabajo heredada de la industrialización y los ritmos impuestos por el capitalismo han convertido el tiempo en una mercancía, subordinando a menudo la vida personal a los intereses productivos.
El estrés, la ansiedad y la depresión son hoy trastornos habituales, especialmente agravados tras la pandemia. Lo que era una crisis latente se ha convertido en una auténtica epidemia de salud mental.
Desigualdades de género y salud mental
Este desgaste afecta de manera desigual según el género. Las mujeres arrastran una doble presencia: al trabajo remunerado se suma el no remunerado —cuidados, tareas domésticas y responsabilidades familiares— que sigue recayendo mayoritariamente sobre ellas.
Esto implica menos tiempo libre, menos descanso y menos oportunidades para el autocuidado. El resultado es claro: más malestar, más trastornos, más prescripciones de psicofármacos y una mayor sobrecarga física y emocional.
El autocuidado como respuesta individual a un problema colectivo
El autocuidado ha emergido como una respuesta individual ante esta realidad. El auge del yoga, la meditación, el mindfulness o la fisioterapia relajante lo confirma: muchas personas buscan espacios para respirar, reconectar y salir —aunque sea momentáneamente— del malestar crónico.
Sin embargo, estos recursos, que podrían ser preventivos y terapéuticos, son a menudo de pago, privados y selectivos. Acudir al psicólogo, hacer una clase de yoga o participar en un taller de bienestar puede suponer decenas o incluso cientos de euros al mes.
Esto genera una brecha clara: solo quien tiene tiempo y dinero puede cuidarse de manera efectiva.
Un sistema público desbordado
Mientras tanto, el sistema público de salud mental no da abasto. En Cataluña hay aproximadamente 10 psicólogos por cada 100.000 habitantes, y las listas de espera se alargan durante meses.
El resultado es una externalización del autocuidado: quien puede, paga; quien no, espera o se resigna. Esta situación empeora la estigmatización y perpetúa las desigualdades. Lo que debería ser una necesidad universal se transforma, paradójicamente, en un privilegio.
Alternativas colectivas para cuidarnos mejor
Pero existen alternativas. Iniciativas como los bancos de tiempo, donde los servicios se intercambian por horas y no por dinero, ofrecen otra manera de cuidar a las personas y a la comunidad.
También la prescripción social, impulsada desde la atención primaria en algunos municipios catalanes, representa un paso adelante para incorporar actividades lúdicas y de socialización dentro del sistema de salud.
Estos modelos apuestan por un cuidado no mercantilizado, centrado en las personas, las relaciones y la comunidad.
Cuidarse no es consumir
Cuidarse no debería ser sinónimo de consumir. El autocuidado puede ser descansar, no hacer nada, pasear, tejer vínculos, compartir responsabilidades o poner límites.
Pero para hacerlo posible se necesita tiempo, y el tiempo hoy se ha convertido en un lujo. Recuperarlo es también una forma de resistencia.
La salud mental no puede seguir siendo una responsabilidad individual. Es necesario repensar colectivamente cómo vivimos, trabajamos, cuidamos y nos cuidamos. Se necesitan políticas públicas decididas, servicios accesibles y un cambio cultural que rompa con el estigma y dignifique el descanso.
El autocuidado no es debilidad. Es supervivencia.
Y debería ser un derecho para todas las personas, no un privilegio para unas pocas.