Primeros síntomas de cambio de fase

Cómo aceptar que comienza una nueva etapa y que ahora es necesario encontrar otras opciones de atención fuera del domicilio: centro de día, piso asistido o residencia.

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Negar la situación

Cada día vemos familias y personas dependientes que tienen que afrontar que la situación ha cambiado. La negación se produce cuando:

La familia no se da cuenta (o no acepta) de que su familiar cada vez necesita más ayuda o una atención más especializada.

La persona atendida niega la situación y minimiza la necesidad de otro tipo de asistencia.

Pero cuando la realidad desaconseja que la persona permanezca en su domicilio (porque necesita más ayuda o porque la familia no puede continuar cuidando con la misma implicación), el siguiente paso suele ser acudir a un centro de día o trasladarse a un piso asistido o a una residencia.

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Aunque la transición no suele ser fácil (de hecho, es especialmente difícil en el caso de ir a una residencia), muchas veces estos espacios resultan ideales porque allí la persona mayor o dependiente:

Recibe la atención profesional que necesita y mejora su calidad de vida.

Los espacios son accesibles y están adaptados a sus necesidades de movilidad, lo que simplifica el día a día.

Puede continuar con su proyecto vital gracias a la ayuda del equipo.

Se socializa, vive experiencias significativas y crea nuevas relaciones.

¿Cuándo es el momento de buscar ayuda fuera del domicilio?

Los pisos asistidos son ideales para personas con un buen grado de autonomía, pero que necesitan un espacio adaptado y un poco de ayuda en el día a día. Además, como el alquiler es asequible, son una buena solución en caso de disponer de pocos recursos.

Los centros de día ofrecen ayuda intensiva y profesional durante varias horas o todo el día. Cuando la persona mayor necesita ayuda para muchas actividades de la vida diaria, o bien la familia necesita descargarse de parte del cuidado, el centro de día es un recurso muy útil.

¿Cuándo es el momento de ir a una residencia?

No existe una norma general, pero cuando la persona tiene pérdidas de memoria, camina con dificultad, se cae, está muy desorientada… es probable que haya llegado el momento de plantearse un cambio.

Ten en cuenta que, en algunos casos, lo mejor para la persona es ir a la residencia cuando todavía tiene un buen nivel de autonomía y parte de sus funciones cognitivas están preservadas.

Por ejemplo, una persona con demencia o Alzheimer se adaptará mejor al centro en un estado inicial de la enfermedad. De este modo se le da la oportunidad de adaptarse a su ritmo y, a largo plazo, cuando la enfermedad haya avanzado y quizá esté desorientada, conocerá el espacio, reconocerá las voces de las personas que la cuidan y le resultará más fácil sentirse segura.

¿Qué puedes hacer si tu familiar no quiere acceptar ninguna ayuda fuera de casa?

Lo ideal sería poder mantener siempre el poder de decisión de la persona dependiente. Es decir, que pueda escoger cuál es el recurso óptimo para ella (seguir en el domicilio o bien acudir a un centro de día, piso asistido, residencia, etc.).

Pero el conflicto aparece cuando la persona no acepta sus limitaciones, verbaliza que no necesita ningún recurso y, en cambio, su entorno se da cuenta de que esto claramente ya no es así.

Cuando alguien no es consciente de sus limitaciones, lo más recomendable es que la familia valore cómo afecta la situación a todas las personas implicadas. Si se llega a la conclusión de que vivir así es más perjudicial que beneficioso, es el momento de buscar el recurso más adecuado.

El síndrome del cuidador quemado o la cuidadora quemada

Cuidar es duro. Quien no ha experimentado la soledad de cuidar a una persona las 24 horas difícilmente puede comprender la soledad, la inquietud y la frustración que se experimentan a veces. A menudo, cuidar comporta un importante desgaste emocional, físico y psíquico.

Cuando la persona cuidadora se dedica exclusivamente a cuidar, se aísla y deja de lado su proyecto vital. Cuando su único rol es el de “persona cuidadora”, su salud física y mental se ven afectadas. Entonces existe la posibilidad de que aparezca este síndrome.

Se caracteriza por un profundo desgaste emocional y físico de la persona cuidadora y por actitudes y sentimientos negativos y de rechazo hacia la persona atendida. A menudo desemboca en depresión y ansiedad (incluso pueden producirse situaciones de violencia).

El miedo a la soledad del cuidador o de la cuidadora

Cuando alguien convierte la tarea del cuidado en el centro de su vida, se aísla y no hace nada más, puede desarrollarse una situación de dependencia patológica: la persona cuidadora no quiere llevar a la persona mayor a una residencia porque siente que entonces su vida queda “vacía”. En ese momento niega la necesidad, minimiza los problemas y se resiste al cambio… y esto perjudica a todas las personas implicadas.

¿Cuál es la solución?

Recomendamos ayuda profesional.

Cuidar de otra persona puede resultar muy gratificante, pero siempre surgirán situaciones complejas que nos pondrán a prueba. Tu bienestar es tan importante como el de tu familiar. Pero cuidarte es tu responsabilidad. En esta guía encontrarás consejos para cuidar tu salud física y emocional.

Consejos al cuidador

Llevar a un familiar a una residencia todavía está mal visto

Socialmente —y esto viene de generaciones atrás— existe la creencia de que, como hijos e hijas, debemos cuidar de nuestros padres hasta el final. Pero la realidad es más compleja. Puedes cuidar de tu familia siempre que no te vaya la vida en ello.

Es decir, yo, como persona con vida propia, puedo cuidar de mi madre o de mi padre —o de ambos— mientras cuidarlos no desmonte mi estructura familiar. Si por cuidarlos mi vida se desmorona, necesito algún recurso.

Es importante analizar si lo que necesitas como familia es un centro de día, un piso asistido o una residencia. Y, sea cual sea la mejor opción para vosotros, aceptarla sin culpabilidad.

Aceptar ayuda demuestra madurez y, en muchos casos, es una prueba de amor hacia la persona mayor.

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La sensación de abandono genera culpa

Cuando se acepta que lo más indicado es llevar a un ser querido a un centro de día o a una residencia, suelen aflorar muchas emociones: miedo, tristeza, rabia, impotencia… Pero la peor suele ser el sentimiento de culpabilidad.

Hay que comprender que, cuando tu familiar va unas horas a un centro de día o pasa a vivir en una residencia, aunque cambien las circunstancias, tu rol sigue siendo el mismo: eres “persona cuidadora”.

¿Por qué decimos esto? Porque tu presencia es indispensable para su bienestar:

- Necesita tu ayuda para adaptarse a su nueva vida en el centro.

- Tu apoyo emocional es imprescindible para que se implique en las actividades.

- Y cuando la persona ya no puede hablar o tiene dificultades para comunicarse, puedes ayudarnos a comprender qué le gusta, qué necesita, qué le disgusta…

De hecho, la clave para liberarse de la culpa es implicarse en el proceso de adaptación y en la vida del centro.

Las personas profesionales pueden atender a tu familiar, pero no pueden sustituirte

Las personas profesionales pueden atender a tu familiar, pero no pueden sustituirte.

Aunque no te estés ocupando de todas las tareas de cuidado, sigues siendo importante. Verás que la relación que la persona mayor o dependiente tiene contigo no puede ser sustituida por la ayuda profesional.

Ahora te necesita más que nunca para hablar de vuestras cosas, dar y recibir afecto, seguir haciendo actividades y crear recuerdos (que siempre serán más significativos que los que pueda crear con una persona cuidadora profesional).

¿Te da miedo llevar a tu familiar a un Centro de Día o a una Residencia?

Desgraciadamente, todos conocemos historias de mala praxis en equipos que se ocupan de personas mayores.
Y, aunque sabemos que suelen ser casos excepcionales, es comprensible que generen desconfianza.

Además, cuando hemos visto de cerca el caso de un familiar o amigo al que no han tratado bien en un centro, la situación resulta tan traumática que deja una huella profunda y hace que, a partir de ese momento, sea habitual intentar evitar a toda costa que un ser querido vaya allí.

“Cuando tenía 15 años, a mi abuela le diagnosticaron leucemia y yo me encargué de cuidarla. Fue una experiencia poderosa, porque descubrí que lo que más me gustaba era cuidar de las personas mayores. Entiendo a las familias que tienen miedo de dejar a su ser querido con nosotros. Pero solo les pido una cosa: que nos den un voto de confianza”.

Cristina Pinya tiene 26 años y desde los 18 trabaja como gerontóloga. Actualmente forma parte del equipo del Centro Residencial Colonia Güell, gestionado por Suara.

¿Qué nos da miedo?

Que la persona no esté bien atendida.

Que el equipo no le dé un trato cálido y respetuoso.

Que infantilicen a nuestro familiar.

Que no lo atiendan como nosotros sabemos hacerlo.

Resistirnos a dejar el cuidado de nuestro familiar en manos de personas desconocidas es una reacción natural.
Pero llega un momento en el que hay que elegir confiar, delegar y aceptar la ayuda.

Gestión con los hermanos

¿Qué hacer cuando las personas con poder de decisión (por ejemplo, los hermanos) no ven la necesidad de que la persona mayor vaya a una residencia?

Esta es la situación típica: la persona cuidadora principal ve la necesidad de ingresar al familiar en un centro.

Pero el resto del entorno (especialmente hermanos o hermanas) no cree que sea necesario.

Como no están presentes en el día a día, no comprenden la situación.

Además, como el ingreso en una residencia suele conllevar gastos económicos que habrá que asumir, algunas personas intentarán retrasar esta obligación económica.

Delegar

¿Cómo superar esta compleja situación?

Lo ideal es que la persona cuidadora delegue el cuidado durante un mínimo de una semana. Es decir, si el resto de la familia no da apoyo a tu decisión, vete a casa de una amiga o a otro lugar donde puedas alojarte durante unos días.

Es difícil (de hecho, lo es especialmente para las personas cuidadoras que están al límite). Pero por experiencia sabemos que, cuando la persona cuidadora se ausenta, la familia entra rápidamente en contacto con la realidad y, en 24–48 horas, se alinean todas las personas implicadas y se empieza a buscar residencia.

Beneficios

Cuando la persona mayor empieza a recibir ayuda en un centro de día o en una residencia, suceden diversas cosas muy importantes.

Por un lado, es habitual que la familia —especialmente la persona cuidadora principal— tome conciencia de la situación a la que había llegado (que suele ser límite). La sensación de alivio y el aumento de la calidad de vida es algo que todas las familias experimentan en mayor o menor grado.

Por otro lado, su ser querido mejora (y esto es algo que no esperan y les sorprende).

¿Cuáles son las razones de la mejora?

1 Las rutinas estabilizan su situación. Los horarios regulares mejoran la salud y los espacios accesibles facilitan la vida y fomentan la autonomía.

2 La atención intensiva (sanitaria, psicológica, estimulación cognitiva, etc.) aumenta su calidad de vida.

3 La persona socializa. En casa, el círculo social se había reducido. En el centro entra en contacto con otras personas, lo que mejora su salud mental y emocional.

4 Actividades que agradan y generan bienestar. En los centros, el equipo profesional tiene tiempo para acompañar, ofrecer actividades con sentido y ayudar a la persona a realizar tareas que la hacen sentirse bien.

5 Se restaura vuestro vínculo. Cuando tu familiar está mejor, está animado, ya no se siente una carga y, cuando estáis juntos, tiene cosas que contarte… Y como tú tienes más tiempo, has recuperado tus rutinas y también te sientes mejor, te apetece compartir tiempo y actividades.

¿Sabes cuál es el modelo de atención residencial de Suara?

Está basado en el respeto y en la preservación de la dignidad de la persona. En los centros de Suara no se busca solo que las personas estén bien atendidas; se trabaja para que tengan una vida con propósito y sean felices.

La confianza de las personas a las que atendemos

“Cuando era más joven, yo no aconsejaba a nadie ir a una residencia. Pero yo, desde que he entrado aquí, nunca he tenido ganas de irme. Vivo como si fuera mi casa. Tengo amigos y noto que me quieren. Cuando necesito algo, aquí siempre responden. Aquí he encontrado un hogar. Me quieren y yo les quiero. Los ratos que estamos juntos estamos bien”.

Carme Querol, 84 años, vive en el Centro Residencial Colonia Güell.

“Antes de entrar a vivir en la residencia, no creía que me pudiera encontrar tan bien. Pero estoy muy bien, muy contenta, la verdad. Estoy a gusto con las compañeras, con la Dirección y me agrada mucho cómo funciona todo, la verdad”.

Serafina March, 89 años, vive en el Centro Residencial Colonia Güell.

“Quiero destacar que, durante la pandemia, en el confinamiento, la residencia hizo absolutamente todo lo que se podía hacer en unos momentos muy difíciles. Saber que mi madre estaba tan bien cuidada nos hizo un poco menos difícil no poder abrazarla”.

Eva Sanz, sus padres han estado en el Centro Residencial Torreblanca.

Nuestros servicios

Acompañamos cada etapa de la vida con respeto y calidez.

Acompañamos a las personas mayores y a sus familias en cada etapa, ofreciendo cuidados personalizados, cercanos y de confianza. Ya sea en casa o en un centro, en Suara cuidamos con respeto, calidez y profesionalidad.

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